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Dos novelas con hombres que lloran
Los personajes femeninos de la literatura suelen provenir de las elucubraciones que hacen los hombres.
Dos ejemplos paradigmáticos, Madame Bovary , creada por Gustave Flaubert, y Anna Karenina , surgida de la imaginación de León Tolstoi, lo ilustran con creces.
Los escritores han preferido a las féminas para dar cuenta de los misterios del alma, como si en ellas residiera un enigma indiscernible que la ficción se encarga de contornear. Los personajes masculinos, en cambio, se presentan, generalmente, como más rotundos. Por lo general, aparecen como héroes, asesinos o idealistas, a los que rara vez se los muestra en sus pliegues más íntimos.
La sensibilidad del hombre es retaceada por algunos escritores, como el propio Norman Mailer lo anunció desde el título en su novela Los hombres no lloran .
Sin embargo, en estos últimos tiempos, los hombres se han puesto a llorar más que nunca antes. Así como el personaje de El llanto , de César Aira, "había sentido muchas veces un deseo intenso de llorar, pero sin llorar", están apareciendo otros hombres que no dudan en hacerlo abiertamente. Se trata de lágrimas atrasadas que renuevan el deseo e inundan las páginas en blanco.
Este mes coinciden dos novelas, breves e intensas, protagonizadas por hombres devastados que, ya sea al final o al principio de la narración, lloran.
Una de ellas es Derrumbe , de Daniel Guebel, que exhibe a un personaje -probable desdoblamiento del autor- lúcido y también translúcido, cuyos esfuerzos por sostener una relación amorosa son tan arduos como su ímpetu por arruinarla.
A través de un estilo directo, casi exageradamente franco, Guebel construye un personaje masculino tan entreverado como dispuesto a mostrar todas sus aristas. Su desmoronamiento es abierto: no le teme a la tristeza; más bien la convoca y se regodea en ella, para sincerar su dolor.
Así, el protagonista de esta historia, entre patético, cómico y entrañable, cuenta con lujo de detalles su predecible separación y el desgarro que conlleva: la pérdida de la vida cotidiana con su pequeña hija Ana.
Resume su derrumbe en pocas palabras: "El amor. Incomprensible. Es evidente que soy una de esas almas que sólo se iluminan ante la muerte de algo".
La otra novela, también recién editada, es Impureza , de Marcelo Cohen. Como ya ocurría en Donde yo no estaba , la acción transcurre en un futuro incierto, plagado de flaycoches , cabinas policiales flotantes y pastillas, que sirven para olvidar.
Pero más allá de la ambientación, poblada de imágenes poéticas y de visión política, Cohen también retrata a un hombre que se ha quedado solo, no porque lo hayan abandonado, como al protagonista de Derrumbe , sino porque la mujer de su vida se ha muerto y devino un fantasma que se arremolina en su memoria. En esta historia, el tango impone su sesgo: aparece una traición que define la venganza y culmina en el perdón.
Ambas novelas plantean la intimidad como único reducto del amor. "A Neuco se le ocurrió que la intimidad era un océano. En la intimidad nadaban los hijos. Por eso se formaban familias "
Al mismo tiempo, la soledad se presenta como el espacio privilegiado de una ausencia. La mujer que ya no está... Si bien la novela de Guebel no es futurista, se podría decir que en las dos, los varones protagonistas se imponen a sí mismos un futuro, cada uno a su manera: quedarse sin la mujer con la que hubieran querido estar toda la vida.
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